El poder de la autocensura

3 de mayo, Día Mundial de la Libertad de Prensa

La opinión de @OlgaAvellan

Vivimos en una sociedad en la que todo el mundo tiene opinión de todo, pero poca gente la da. Es habitual escuchar en la mesa de al lado de una cafetería, o en una sala de espera del médico de cabecera, completas tesis sobre cómo organizar esto y lo mal que está lo otro. Pero cuando se da la oportunidad a que extienda la opinión al público, entonces aparece el miedo escénico y se invoca «el derecho a no opinar». Y hay quien accede a hablar, haciendo un ejercicio de introversión para calibrar los adjetivos más apropiados a utilizar, que le dejen en buen lugar, aunque se pierda el sentido crítico de la cuestión. Ahí es donde arranca la autocensura y empieza la diplomacia.

En un país que reivindica mayor transparencia e independencia, hay expertos y personas con criterio académico o político que declinan la invitación a participar en el libre ejercicio de la crítica, o de compartir su opinión, solo por miedo al qué dirán aquellas instituciones a las que representan o de las que se sustentan. No vaya a ser que el que tiene el poder económico considere que han dejado de ser ideológicamente afines.

Poca libertad de prensa hay que celebrar en este día, pues en la Unión Europa se ha registrado menos libertad en 2016 que en 2013. Esto de acuerdo con el reciente informe publicado por Reporteros sin Fronteras. Algunos medios españoles califican de ‘satisfactorio’ el estado de la libertad de prensa en nuestro país, al comprobar que España ha ganado cinco puestos con respecto al año pasado, posicionándose en el lugar 29 de la lista de los 180 países del ranking. Curiosamente, estamos por encima de Estados Unidos (43) y de Reino Unido (40). También estamos muy por encima de Francia (39), sin embargo muy alejados de Portugal (18).

 

La libertad de expresión mejora en los medios de comunicación, pero no se refleja en la sociedad

 

Puede que la proliferación de los nuevos medios de comunicación digitales, con un estilo periodístico más agresivo e inconformista, que alardean de no ser subordinados del poder político, aporte un mayor compromiso con los principios de independencia y objetividad.

Pero este paraíso que parece que se vive en los medios de comunicación, no se refleja todavía en la sociedad. Desde el sofá de casa se critica la falta de libertad de expresión, pero con un micrófono delante, o la oferta de escribirlo en una columna, salen corriendo y pasan la patata caliente al de enfrente, para rendir pleitesía a su particular «libertad de autocensura». Y todo, porque fuera de casa hay quien no quiere que aquellas personas que dirigen las instituciones sepan qué es lo que de verdad piensan sobre su gestión. O puede, que en realidad no les interese que «eso que está tan mal» cambie.

Ser políticamente correcto denota la hipocresía con la que muchos reclaman el derecho a la libertad de expresión y, sin embargo, cuando se tiene, no se ejerce por aquello del «no sé si debo».

 

@OlgaAvellan

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