Mi otra yo

Estándar

Tengo una doble. Pero no soy la única. Me he dado cuenta que muchas de las mujeres que me rodean tienen una réplica que cuida y juega con los niños.

E incluso algunas, cuando no todas, hacen la compra y se encargan de las tareas del hogar. Las mujeres de mi generación hemos ido asumiendo funciones laborales y quehaceres personales hasta tener que llegar a doblarnos para poder cumplir con lo que de nosotras se espera.

Nuestra preparación ha sido dura. Desde pequeñas nos inculcan que tenemos que llegar más lejos que nuestras madres. La regla número uno es ser económicamente independiente. Por ello estudiamos la carrera mientras hacemos trabajos esporádicos para costearnos nuestros gastos. Elegimos solo aquellas prácticas que están remuneras, aunque eso suponga que aprendamos menos disfrutando de la experiencia y nos exijan más. Y cuando empezamos a trabajar ponemos nuestras miras tan altas que necesitamos estudiar a escondidas para entender sobre algo que tenemos que plasmar en un informe.

“En el trabajo esperan que las cojas todas al vuelo y no entienden que tu otra tú no ha dormido bien esa noche”

Con treinta años parece que lo hemos logrado, que hemos llegado a lo más alto sin morir en el intento. Pero todavía tenían secretos escondidos para nosotras. Nos faltaban los hijos. Estos llegan casi sin avisar. En solo nueve meses no te da tiempo a prepararte, al menos mentalmente, para lo que te espera. Preparas la casa para recibir al bebé a ratos, esos que el trabajo y la vida social te dejan libre. Planeas que seguirás trabajando, porque tú no te ves como un ama de casa. Pero cuando llega de verdad necesitas crear una doble si quieres seguir el ritmo. Es agotador ser dos personas. En el trabajo esperan que las cojas todas al vuelo y no entienden que tu otra tú no ha dormido bien esa noche o que no puedes quedarte más tarde porque justamente tienes reunión en el colegio del niño. Tienes que privarte de contar la última monería que ha aprendido a hacer tu principito, pues pierdes la credibilidad. Pero en casa tampoco entienden el día tan estresante que has tenido en la oficina y lo que esperan de ti es que lo lleves a la cafetería de bolas al cumpleaños de su amiguito.

Es muy cansado mantener la compostura y defender tu puesto de trabajo como si fuera lo único que te mueve en la vida. Menos mal que tengo a mi otra yo para encargarse de todo lo demás.

@OlgaAvellan

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