La [des] igualdad

Ahora que Pablo Iglesias escenifica su ‘buenrollismo’ tomándose una baja de paternidad por sus gemelos —lo que induce a pensar que la igualdad está cerca— me han venido a la cabeza unas cuantas ideas. Sobre todo por la rapidez con la que él interrumpe su baja cuando pasan cosas importantes en la organización que dirige, y nos traslada el mensaje de que su número dos —y madre de sus retoños— no debe tener capacidad resolutiva. Son necesarios al menos dos años para volver a sentirse una misma tras la aventura de ser madre. No es que se retome la vida anterior —que ya no vuelve— sino que se asimila que esta es ahora una nueva vida y que las cosas hay que hacerlas de manera distinta.

El postparto puede con cualquiera. Por muy bien y natural que haya sido el parto. El cuerpo se queda roto e inflamado. Los dolores impiden conciliar el sueño con normalidad. Se cae el pelo, se mancha la ropa con las subidas de leche, aparecen las pérdidas de orina —que solo conocía por los anuncios de la tele— y descubres una nueva realidad ligada a esa decisión tan maravillosa de tener un hijo.  La verdad es que hay que tener una gran fortaleza emocional para no caer en una depresión.

Mientras una mujer tenga que plantearse reorganizar su vida, reconducirla o elegir a qué renunciar, no existirá la verdadera conciliación

Con el nacimiento de un bebé nace también una madre que antes no existía. Ser madre es una de las experiencias que más marcan a una mujer. Yo la maternidad la disfruto desde que puedo ser madre y mujer al mismo tiempo —entiéndase la comparativa—. Puedo viajar, trabajar, retomar el inglés e incluso ir a yoga o recuperar la complicidad sexual con mi pareja. Es solo admitir que ahora se amplía la vida social, antes desconocida. Voy a ‘cumples’, a natación infantil, a fiestas de la guardería y de carnaval con otras ‘mamis’ como yo. El concepto de salir de compras también cambia con la llegada de un hijo. Por analogía con el cine, un día de compras con el bebé a cuestas cambia el concepto de las escenas de Julia Roberts en «Pretty Woman» por las de Uma Thurman en «Mamá en apuros».

Cumple un año y a ese angelito amoroso y vulnerable le salen los dientes. Pasa malas noches —él, y una servidora—, y comienzan los capítulos de volver a pasar sueño todo el día. Mientras una disimula para que no se note y dar la talla en la vida laboral, le entran pensamientos de dormirse debajo de la mesa, en cada sofá, sala de espera o en cada semáforo que se pone en rojo.

Ahora mi vida está plena, y me encanta. En esta etapa se toman decisiones trascendentes —nunca antes imaginadas—. Darle pecho a un hijo implica ligarlo a tu cuerpo con una dependencia tal que nunca lo hubiese imaginado. Érase una mujer a un bebé pegado —como el poema de Quevedo con la nariz—. Literal durante los primeros meses —superlativa, sayona y escriba— porque existe una necesidad fisiológica y una cree que es lo mejor que puede hacer en ese momento, hasta que el angelito decide, por sí solo, comer galletas y otros alimentos del supermercado —afortunadamente—. Pasada la primera fase, una actúa convencida de recuperarlo todo otra vez: trabajo, aficiones, costumbres, salidas esporádicas con las del ‘grupi’ de amigas… pero no es así, ‘aquello’ sigue pegado, ahora con un pegamento invisible.

A lo que podemos aspirar es a encontrar el equilibrio que permita compaginar la vida familiar con la laboral, las relaciones sociales, la intimidad femenina y el mundo propio que cada una de nosotras llevamos dentro

La conciliación es la gran mentira de la sociedad. No existe, es imposible. Mientras una mujer tenga que plantearse reorganizar su vida, reconducirla o elegir a qué renunciar, no existirá la verdadera conciliación. Piensas que en el trabajo se olvidarán de ti, que tienes fácil sustitución. Y es que la maternidad suele llegar en un momento de plenitud en la vida laboral. En el trabajo me siento fuerte, con capacidad de control sobre las cosas, segura de mí misma. Ser madre cambia la perspectiva. Sientes de todo menos seguridad. Te vuelves invisible, innecesaria, prescindible y vulnerable ante todo el mundo, menos para uno: aquél que ahora depende de ti. Por momentos una se plantea quedarse en casa, como madre a jornada completa, y abandonar la carrera profesional y la marca personal que tanto ha costado forjar —debe ser por esa kafkiana paranoia de que el bebé no podrá salir adelante sin la ayuda maternal—.

Luego los miro a ellos y me convenzo. En un par de semanas —o días— continúan con sus rutinas, vuelven al trabajo, quedan para ver el partido y recuperan su vida —aunque en realidad nunca la han dejado— con la incorporación a ella de algunos planes vinculados a su nueva condición familiar.

Buscar actividades alternativas y disfrutar del momento fuera del nido no es un pecado, es una inversión que luego se transforma en bienestar para una misma y para todos los que te rodean. Hacer yoga, natación, ir a la manicura y cualquier actividad —por baladí que suene— que proporcione otros círculos de amistades, fuera del grupo de ‘mamis’ del whatsapp, es buena. Hay que elegirla y serle fiel, no faltar a ninguna cita, pase lo que pase y tomarla como una obligación infranqueable.

Encontrar la igualdad entre hombre y mujer ante la mater-pater-nidad es un imposible. A lo que podemos aspirar es a encontrar el equilibrio entre cada una de las mujeres que habita en nosotras —a las que algunas yo ni conozco, como Vanesa Martín con las suyas—. Un equilibrio que permita compaginar la vida familiar con la laboral, las relaciones sociales, la intimidad femenina y el mundo propio que cada una de nosotras llevamos dentro. La clave es no dejar de ser una misma, por difícil que parezca. Un día se lo leí a Mandela: “Siempre parece imposible hasta que se hace”.

@OlgaAvellan

 

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