La responsabilidad heredada

A la misma vez que la ilusión del momento se va desvaneciendo, entra en juego la responsabilidad continuada. Y para eso estamos aquí las madres, para heredar la parte que los hijos ya no quieres asumir.

Recuerdo ese brillito de emoción en los ojos de mi hijo cuando cumplió sus cuatro años y una amiga especial tuvo la genial idea de regalarle un pececito como mascota. Bueno, un pececito y todo lo que ello acarrea: pecera, piedras decorativas, redecilla para sacarlo, comida y hasta una planta. Un auténtico pisito de soltero dentro de nuestro piso familiar. Qué maravilla las primeras semanas –o más bien primeros días-, qué responsable mi niño, le ponía de comer todas las mañanas, le saludaba al llegar del cole, le daba las buenas noches. Llegó a obligarme a no salir de casa para no dejar a Dorado solo –así lo bautizó en honor al pez de Peppa Pig-. Tuvimos que poner una solución y le regaló otro pez a mi hija por su primer cumpleaños, porque claro, una tenía carga de conciencia cada vez que salía de casa y me retumbaba en la cabeza las palabras de mi hijo: “No dejes a Dorado solo, mami”.

Ahí está ese olor penetrante cada vez que entro al comedor, recordándome que tengo que limpiarles el pisito a los inquilinos

Total que aquí estamos Dorado y Eugenio –nombre en honor a mi oncólogo- todos los días compartiendo espacio: el comedor. El comedor es el corazón de mi casa, bueno, y el cerebro, pues en él trabajamos mi marido y yo, mientras mis hijos juegan o se pelean, ven la tele, hacen los deberes. Cuando vivía sola jamás me imaginé sacarle tanto partido a un habitáculo de veinte metros cuadrados. Está tan bien aprovechado que me siento una auténtica decoradora de casas mini de esos programas tan famosos estadounidenses. Y claro, los peces no podían estar en otro lugar de la casa, si todos estamos en el comedor, ellos también. Ahí, bien vistosos, presidiendo el mueble blanco junto a la televisión. Que te los encuentras de pleno cada vez que entras a la estancia. Por rutina cada mañana recojo algún juguete que ha quedado por el sofá, subo las persianas para que los primeros rayos de sol iluminen el comedor y doy de comer a Dorado y Eugenio. Ambos me esperan con los ojos como platos y moviendo sus colitas de mariposa. Para ellos es el momento más especial del día. O más bien el único. A esto ya estoy acostumbrada y lo hago de forma mecánica, no llega a ser una carga. Ahora bien, otra cosa es cuando el agua empieza a desprender un olor no muy agradable como a pescadería –y es que recomiendan cambiarla cada dos o tres días-. Yo trato de apurar, aguantar, hago como que se olvida. Pero ahí está ese olor penetrante cada vez que entro al comedor, recordándome que tengo que limpiarles el pisito a los inquilinos. Y si ni lo hace el tufillo lo hace mi hijo, que poco se fija ya en ellos, pero cuando el agua se pone turbia sí sabe decirme: “Mami, los peces casi no se ven”. ¡Qué gracioso mi niño!

Quién me iba a decir a mí que vivía con dos gatos persa -eso sí que era cuidar de mascotas y quitar pelos a diario- que ahora la responsabilidad de cambiarles el agua a dos simples peces me fuera a venir tan cuesta arriba. Pero oye, que doy gracias que a mi queridísima amiga no se le ocurriera regalarles un par de Huskies Siberianos. ¡Uf! ¿Te imaginas tirando de mí dos sabuesos mastodónticos?

Hoy me siento bien, los nadadores tienen el agua cristalina. ¡Para lo que hemos quedado!

Por Olga Avellán

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