El peso del silencio

Estudié Periodismo porque mi pasión era comunicar. Y a eso pensé yo que me enseñarían -al menos un poco- en los cuatro años que pasé en la Universidad. Ilusa de mí. A lo que nos enseñaron, principalmente, fue a protegernos en la profesión, psicología a más no poder y a informar, en todas sus formas y vertientes: vía escrita, radiofónica y televisiva.

Mi ilusión estaba depositada en un par de asignaturas que en la programación aparecían en el último curso: Comunicación política y opinión pública y Comunicación corporativa e institucional. No es que me volviera loca la política, pero ya lo llevaría yo a mi terreno. Aunque fue otra decepción más, poco pude sacar para mi finalidad de comunicar. Un temario excesivamente protocolario y operativo.

En los primeros días de clase de ambas asignaturas –como si los profesores se hubiesen puesto de acuerdo – nos inyectaron la teoría de la ‘Espiral del silencio’, sacado del libro de la politóloga alemana Elisabeth Noelle-Neumann La espiral del silencio. Opinión pública: nuestra piel social (1977), donde se estudia la opinión pública como una forma de controlarles. Básicamente, se refiere a no informar de lo que no te interesa que conozca la sociedad. Qué pena, ¿verdad? Una auténtica manipulación informativa de qué sí y qué no debemos saber. No me veía yo capaz de eso.

Llegó el ansiado momento de las prácticas en medios de comunicación reales, donde esperaba aprender en las trincheras a comunicar, aunque tenía claro que lo que predominaría sería informar. Ahí, ahí conocí de verdad qué era aplicar la dichosa teoría de la ‘Espiral del silencio’. Proponer temas sociales de denuncias que llegaban a la redacción para indagar y hacer una noticia y decirte el jefe de informativo con tono tajante: “Eso no le interesa a nuestra audiencia” o “Eso a nuestro medio no le beneficia en nada”. Se despertó en mí un peso insoportable y una carga de conciencia incitada por el silencio, pero no un silencio cualquiera, un silencio provocado.

Me cambié de acera. Salí de inmediato del mundo de los medios de comunicación y crucé a la de las empresas. Porque el principal matiz que a mí me hacía feliz era la diferencia entre informar y comunicar, yo tenía una necesidad imperiosa de transmitir. Y es que la premisa en la comunicación en el ámbito de lo corporativo es que si no lo comunicas es como si no lo hicieras. Por lo que todo debe divulgarse a los cuatro vientos.

***

Ese peso del silencio impuesto no había vuelto a sentirlo hasta ahora. Mis anfibios compañeros diarios de habitáculo –Dorado y Eugenio- por un descuido mío ya no aletearán más sus colitas de mariposa al verme entrar al salón por las mañanas. La carga de conciencia de guardar silencio sobre una información –que para mi yo de veinte años parecía una tragedia- no es nada comparable con el peso del silencio de sus burbujeos cuando la casa estaba en calma. Ellos sí sabían trasmitir. Los escuchaba nadar detrás de mí y me llegaba una sensación de paz. Os acompaño en ese silencio mientras paso el duelo de vuestra ausencia, con la esperanza de que estéis nadando en otras cristalinas aguas. Y, aunque vaya contra mi propia ética moral, aplicaré por tercera vez la teoría de la ‘Espiral del silencio’ con mi hijo, comprando dos pececillos parecidos y dando el cambiazo. La versión de hoy es que están en el veterinario porque tienen una revisión.

Por Olga Avellán 

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