La vida es muy bella

 

 

 

 

 

 

 

 

Esta es una historia sencilla, pero no es fácil contarla. Como en una fábula, hay dolor, y como una fábula, está llena de maravillas y felicidad. Así comienza la galardonada película italiana «La vida es bella». Roberto Benigni, director y protagonista del film, pone a rodar su imaginación para proteger a su hijo de los horrores de un campo de concentración nazi. En aquel contexto se relataba el Holocausto. Como paralelismo en nuestros días –salvando las distancias- vivimos la pandemia por la Covid-19.
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Altruismo perecedero

 

 

 

 

 

 

 

 

Estoy maravillada con el desenfreno de voluntariado que ha aflorado en la gente. Hemos regresado como en una máquina del tiempo a la época de cuando mi abuela era joven. Me contaba la ayuda que había entre vecinos. Todos los de la calle formaban una gran familia. Se cuidaban los unos de los otros. Cuando alguna de ellas bajaba al mercado daba el aviso a las demás por si necesitaban que les comprase algo. ¡A buenas horas lo íbamos a hacer en estos tiempos! Pero mira, ha vuelto.
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21 días

 

 

 

 

 

 

 

 

Hemos alcanzado una meta clave en este confinamiento. Al menos tres semanas son necesarias para que las personas conviertan algo nuevo en un hábito. Esta teoría de los 21 días fue impulsada por el cirujano Maxwell Maltz en los años 60, la que desarrolló años más tarde William James, uno de los padres de la psicología moderna. Cambiar de alimentación, practicar un nuevo deporte, mudarse de casa o empezar en un nuevo trabajo. Para acostumbrarse y que se convierta en un nuevo estilo de vida deben transcurrir al menos 21 días.
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Profesora por sorpresa

 

 

 

 

 

 

 

 

Quién me iba a decir a mí que me convertiría de un día para otro en profesora de infantil. En apenas 15 días que llevamos de confinamiento soy toda una experta de las últimas técnicas pedagógicas. No es nada fácil que un niño de tres años permanezca sentado más de cinco minutos haciendo una tarea, pero ya lo vamos consiguiendo. Mi misión es recordarle lo visto hasta el momento en las clases del colegio. El uno –es un soldado haciendo la instrucción-, el dos –un patito que está tomando el sol- y el tres – una serpiente que no deja de reptar-… Que conserven el hábito, que tengan una rutina diaria. Ese era en primera instancia el objetivo de las tareas en casa. Pero ahora, con la ampliación del Estado de Alarma, ya no vale solo con repetirle que haga lo que ya conoce, ha llegado el momento de sacar la maestra que llevo dentro y enseñarle nuevos números, el cuatro –es una silla que invita a descansar- y, ¿por qué no?, el cinco –un conejo que mueve las orejas-. Y siguiente reto fijado: a por las minúsculas; que yo soy más de letras.Leer más »